Capítulo 1

Mi primera impresión de Sudáfrica me sorprendió por lo verde del paisaje y por lo húmedo de su clima. Siempre pensé en África como un lugar seco. Plantas gruesas y macizas me hacen dar cuenta que aquí la estación húmeda es realmente húmeda. Leer un libro sobre una inundación grande que existió cerca de aquí, que dejó a muchas personas sin hogar y sin familiares, me confirmó mi equivocación.
Tierra de muchas lenguas, como seguramente sean muchos países en un continente donde las fronteras nunca se trazaron en pos de las culturas, sino todo lo contrario, y por donde pasaron diferentes dominadores que se peleaban por el asado con la carne de cañón y la sangre local, imponiendo cada una sus culturas y sus lenguas. Imagínense el collage idiomático.
Pasan azafatas y empleados aeroportuarios hablando ininteligiblemente, pero cuando los saludas te responden con una sonrisa en su inglés particular, broken english como le llaman.
Aquí los negros hablan un ingles y los blancos otro diferente. Estamos en un país de contrastes, un país de Ying y Yang, donde el negro está en el blanco y el blanco en el negro, y donde ambos se entrelazan, pero nunca, al menos hasta ahora, nunca se mezclan para formar un armonioso gris.
La primera noche en Johannesburgo nos recibe con una tarde gris en un barrio de cercados eléctricos, paranoia y casas enormes, donde Charles, nuestro taxista, negro, nos deja en la dirección que tenemos escrita en una libreta y donde esperamos bajo la suave llovizna, a nuestro anfitrión.
Nuestra espera llama la atención de Billie y Charly, dos guardias de seguridad privada, negros ambos, que nos preguntan a quien buscamos, nos retan por filmarlos sin su consentimiento (que luego nos brindan), y nos muestran fotos de un arresto navideño que hicieron más temprano en una casa vecina, donde se ven a unos 4 hombres tirados en el suelo esposados; todos ellos negros.
Llega nuestro anfitrión Gaian, blanco, que nos recibe en la hermosa casa de su jefe, también blanco, dueño de la tienda de bicicletas donde trabaja. Nos hace pasar, nos comparte su cariño y confianza, responde nuestras sedientas preguntas, y se vuelve al almuerzo navideño de su familia, dejándonos su casa y volviendo a la noche para compartir techo y conversas con nosotros y enseñarnos algunas de las palabras en Zulú, idioma que estudia, y contarnos sobre el reclamo de gratuidad educativa que apoya y que crece lentamente.
Muchas Gracias, o mejor dicho, Enkosi.